¿Por donde empezar esta crónica..? Se me hace difícil organizar lo ocurrido sin atropellarme mientras escribo. Todo comienza en la primera etapa de nuestra escapada por la zona de Huesca y Navarra. Decidimos que la primera excursión sería la subida a Tozal de Guara, ya que al ser la más dura preferíamos hacerla la primera. Según lo previsto a última hora de la noche del miércoles llegamos al pueblo de Nocito, a los pies de la sierra de Guara y nos metimos pronto a la cama para madrugar y comenzar la subida lo más pronto posible ya que la ruta completa son unas 6h de caminata.

El día comenzó torcido, el cargador de mechero de los móviles no funcionó y el móvil de Laura donde estaba programado el despertador no sonó ya que se quedó sin batería. A las 9.30 estábamos ya en marcha aunque nos hubiera gustado estar en ruta una hora antes. Mi móvil algo más sobrado de batería estaba operativo pero lejos de 100% de batería. Este dato a estas alturas de la excursión no parecía de gran importancia, el día era claro y el monte no era complicado.

Todo los torcido que empezó el día lo compensó la ascensión limpia y bonita al Tozal de Guara. El paisaje era espectacular, al fondo el macizo nevado del Tozal contrastaba con el azul impecable del cielo. A eso de las 13.30 habíamos hecho cumbre tras haber parado poco mas de 15 min. para reponer fuerzas. En la cumbre disfrutamos de las increíbles vistas de todo el pirineo Aragonés y charlamos con un par de parejas con las que habíamos ido subiendo prácticamente a la par.

Nuestra ruta prevista era circular, bajaba por la vertiente noreste, la contraria a la de nuestra ascensión. En un primer momento pensamos volver por nuestros pasos ya que se veía algo de niebla a pesar de que el día era limpio, pero en los 5 min. que estuvimos en la cumbre se quedo todo absolutamente despejado así que comenzamos a bajar por la vertiente noroeste.

Nuestro GPS era una aplicación en mi móvil,  prácticamente no habíamos necesitado hacer uso del el en la subida, pero según estábamos bajando por donde parecía más evidente y por donde yo tenia recuerdo que iba la ruta (de haberlo visto en mapa) el GPS me pito indicando que nos habíamos alejado de la ruta, tras orientarme e intentar ver por donde  creía que iba la ruta la batería dijo adiós y el móvil se apagó. Tenia mas o menos claro por donde parecía indicar el GPS y encima volver a la cima para bajar por el lado de la ascensión suponía remontar un par de lomas que ya habíamos bajado, así que decidimos coger un canchal nevado que bajaba en línea recta. Para colmo al rato de ir bajando vimos un montón de piedras apiladas (hitos) que suelen indicar rutas con lo que nos reafirmamos en que íbamos por buen camino, ilusos.

El canchal seguía bajando en picado por un paisaje invernal precioso. A modo de premonición la cámara empezó a hacer cosas rarísimas, marcaba un error  y hacía ruidos raros al intentar hacer fotos, esta es la última foto que pude sacar.

Seguimos descendiendo por el canchal, que aunque con bastante desnivel era cómodo. Llegó un punto en que el collado se iba cerrando con paredes verticales y tuvimos que salvar alguna bajada de las de ir con el culo pegado al suelo, nada del otro mundo. El caso es que para cuando quisimos darnos cuenta estábamos en un punto de no retorno, estas bajadas de culo al suelo son fáciles de bajar, pero casi imposibles de subir con nieve, por lo que ya no nos quedaba mucho más remedio que seguir hacia abajo por este camino.

Según avanzamos la cosa se iba poniendo cada vez más fea, las bajadas se empezaron a convertir en pequeños destrepes bastante delicados y con el desnivel que tenía el terreno y la nieve sobre la roca un desliz te hace acabar a  los pies de la montaña. Cada destrepe nos íbamos poniendo más y más nerviosos, la opción de volver por arriba hasta la cumbre estaba ya totalmente descartada. El día era despejado y te podías orientar bien, la línea de bajada era clara y la dirección al pueblo también, pero por mi cabeza solo rondaba una idea, que no hubiera un destrepe demasiado vertical ya que nos quedaríamos atrapados sin posibilidad de ir ni hacia delante ni hacia atrás. En cada destrepe vivimos momentos de bastante tensión, ateridos ya por el frío y el miedo sabíamos que un resbalón podía convertir eso en un marrón serio de verdad, por si lo que teníamos no lo fuera.

En estas situaciones delicadas existen unos roles bastante definidos que la serie “Lost” ya nos hizo ver. Es curioso como estos patrones socio-biológicos no decides tu asumirlos, te vienen dados. En este caso a mi me toco el de aparentar serenidad y cordura y hacer ver que en todo momento la situación estaba bajo control, pero ahora si que estaba bastante asustado. No sabíamos a ciencia cierta lo que nos íbamos a encontrar delante y para colmo el reloj marcaba las 15.00, nos quedaban escasas dos horas de luz.

El momento más delicado fue un destrepe en el que literalmente había que dejarse caer y agarrase a una rama para no seguir cayendo, yo pasé primero y esperé a Laura abajo para decirle los pasos, pero Laura estaba bloqueada tenía los ojos vidriosos y los dos sabíamos perfectamente el miedo que llevaba dentro. Nos tomamos nuestro tiempo y conseguimos calmarnos los dos, Laura con un coraje de hierro se dejó caer y aterrizó como una jabata.

Destrepe tras destrepe íbamos perdiendo metros con la angustia de no saber cómo iba a ser el siguiente, nuestro objetivo era llegar a un canchal libre y claro que bajaba hasta el bosque y en el que ya no había ninguna dificultad técnica. Al ver que el último quiebro del terreno era destrepar una sensación de euforia me recorrió el cuerpo y ya a los pies del principio del canchal nos dimos un fuerte abrazo con una congoja que aún me cuesta recordar.

Aparentemente estaba todo lo difícil hecho, la única pega era la hora. El sol iba proyectando ya sombras en los riscos de enfrente y no teníamos móviles, ahora es cuando el insignificante detalle del cargador se volvía enorme y retintineante en nuestras cabezas. El canchal era largo y agotador durante más de 40 minutos fuimos haciendo slalong por la piedras cubiertas de nieve hasta llegar a la entrada al bosque.

Si lo de la nieve había sido delicado, lo del bosque estuvo muy cerquita de bloquearme del todo. Como si de una imagen idílica se tratara yo tenía la idea de un bosque de pinos abierto y claro por donde iríamos bajando hasta encontrarnos con un camino o llegar al cauce del río. Pero no fue así ni de lejos, el bosque era bosque cerrado y según íbamos avanzando llegaba momentos en que literalmente te encontrabas enganchado en ramas sin poder dar un paso más, había que retroceder y buscar otro “camino”. Aquí ya me puse nervioso de verdad, quedaba muy poquito de luz y no veía claro nada, metido el el bosque pierdes toda perspectiva y no sabes ni el rumbo ni la distancia que puede quedarte hasta el rio. La idea de pasar la noche en el bosque empezaba a plantearse en mi cabeza y sé que en la de Laura también, aunque en ese momento nadie dijo nada como queriendo evitar que eso pudiera ser real. Por ello mi objetivo más directo, antes que encontrar el camino, era perder altura y alejarnos de la nieve para en caso de tener que pasar la noche estar en cotas más razonables. Al final la nieve fue en parte nuestra aliada, ya que pudimos seguir el rastro de un animal que obviamente iba por zonas más o menos poco boscosas.

El primer objetivo estaba conseguido, ya no había nieve. Esto era una ventaja, pero también un inconveniente, el capítulo de seguir rastros en tierra firme me lo perdí así que seguíamos perdidos sin saber muy bien hacia donde tirar, aunque no podía quedar mucho para llegar al río, pero en medio del bosque cada paso era una proeza. A ratos me vi a mi mismo como un excursionista nervioso y aterrado, andaba sin pensarlo mucho, cayéndome a cada paso. Sin duda el hecho de no tener móvil hacía todo esto mucho más angustioso, teníamos claro que de ahí teníamos que salir por nuestros propios medios. Al final y no sé si por suerte o insistencia y tras un rato interminable caímos en un camino, por fin, ahora si que si la angustia había terminado. Empapados, con la ropa y las piernas raspadas hasta la saciedad, pero camino a la civilización.

Ahora sabíamos que estábamos salvados, pero ni la más remota idea de a cuánto estábamos de Nocito. Por fin algo estaba de nuestro lado, obviamente ya solo había claridad, el sol se había metido ya, pero Laura siempre lleva una frontal en la mochila para cuando va a correr, bien. Al final dos largas horas de caminata nos separaban de Nocito y tras más de 10h andando sin parar, con la noche ya cerrada y con las polainas congeladas llegamos a la furgoneta.

Es curioso como funciona el cuerpo humano, durante todo el trayecto de bajada no sentimos el más mínimo atisbo de dolor ni cansancio, el cuerpo sabe que no es momento de quejarse y te hace casi indestructible, pero casi de una manera automática en cuanto vimos las luces del pueblo, todo el cansancio y el dolor te sobrevienen con intereses de demora. El último kilometro fue eterno, yo sentía como se me iban subiendo las bolas y como empezaba a dolerme todo, a día de hoy tengo la uña del dedo gordo a punto de que se me caiga, pero no note absolutamente nada mientras bajaba.

Sin duda la mayor imprudencia de esta excursión fue el exceso de confianza, no tengo dedos en la mano para enumerar las veces que me habré perdido en el Gorbea, Aitzgorri, Okina, y un sinfín de nombres y siempre hemos llegado a buen puerto sin ningún problema. Pero obviamente no todos los montes son iguales. Cientos de veces habré oído aquello de que hay que tenerle respeto a la montaña, pero tienes la sensación de que eso es para alta montaña y mega expediciones, pero sin duda es aplicable a todas las cotas. Sé que ir sin batería en el móvil es un poco imprudente, pero no creo que nadie haya abortado una excursión en un día despejado solo por tener batería baja. Está claro que el cementerio está lleno de pequeñas imprudencias inocentes en los lugares aparentemente menos peligrosos por lo que solo puedo sacar lecturas positivas de esta experiencia. Hemos llegado de una pieza y ahora si puedo decir que me he perdido solo una vez en mi vida en el monte, he pasado miedo de verdad y me he llevado una lección de oro.

Digo que solo puedo llevarme experiencias positivas porque pudiéndolo contar este tipo de cosas son tremendamente enriquecedoras. Me he puesto a prueba a mi mismo, a nosotros, es difícil saber como puede reaccionar tu cabeza ante situaciones así, y ha sido emocionante vivirlo. Dicen también que las experiencias traumáticas te unen a la persona con la que las vives, y no necesito perderme por el monte para saber lo que siento por Laura, pero estas pequeñas cosas te hacen recalibrar corazón y mente para que apunten hacia el mismo sitio, llevo tres días apretando los puños cada vez que pienso que podría haberle pasado algo, o que en un hipotético caso hubiera tenido que dejarla sola para buscar ayuda…, un escalofrío me recorre el cuerpo.

Escribo esta historia a modo de reflexión, de autocrítica y como no podía ser de otra manera de recuerdo. Cuando dentro de unos meses se me pase el susto volveré sobre estas líneas para saber lo que no debo hacer y sobre todo tener siempre un seguro de viajes por sí las moscas.

No conquistamos las montañas, sino a nosotros mismos. Edmund Hillary

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