El viaje hasta las gargantas del Todra fue de los que se te quedan el culo plano. Inicialmente tenía planificado cruzar el Atlas a través de Imilchil, un pueblito del que guardo muy buen recuerdo de mi anterior viaje a Marruecos. Pero tras leer en Internet decidí hacerlo rodeando el Atlas por Erraichidia ya que a estas alturas del año la carretera de Imilchil está cortada por la nieve.

El viaje fue largo pero cargado de anécdotas. Las carreteras de Marruecos son cuanto menos accidentadas, es posible encontrarse cualquier bicho viviente en los arcenes y para más inri Marruecos está absolutamente plagado de controles de velocidad.

Los límites de las carreteras oscilan entre los 60km/h y los 100km/h y la verdad es que a veces es fácil despistarse e ir por encima de 60km/h que es lo más parecido a ir en bici que he visto en mi vida. En Marruecos el problema no son los kilómetros en si, sino la eternidad que cuesta recorrerlos. Estaba claro que más pronto que tarde nos iba a saltar algún radar. En una de estas, como de la nada apareció un señor policía dándonos el alto.

Íbamos a 82 en una zona de 60km/h y obviamente nos correspondía el multón pertinete pero bueno, en Marruecos todo es relativo y negociable. En mi anterior viaje ya le había comentado a Laura, que tuvimos que hacernos los tontos alegando que no teníamos dinero para que nos quitasen la multa. Bueno, técnicamente el policía se queda algo de pasta y te perdona la multa, vamos un soborno en toda regla. Así que nos tocó clase de teatro, como respuesta a sus 700Dh de multa (unos 70 euros), empezamos a poner caras de desolación, “no money my friend” y Laura en una maniobra que ni Tamariz sacó de la cartera un par de billetes, obviamente en la cartera había pasta para pagar tres multas. Tras llorarle un poco el policía decidió quedarse con 300 Dh y con una amabilisima recomendación de “tengan cuidado” nos dejó proseguir. Marruecos es de otra pasta, todo se negocia hasta las cosa más oficiales.

Así que con 30 euros menos, o 40 más según como se mire continuamos nuestra marcha hacía Erraichidia. La verdad es que el viaje era largo pero lo bueno de las escarpadas carreteras de Marruecos es que conducir por ellas es una delicia, ver ponerse el sol atravesando el Atlas es en si una parte muy bonita del viaje, al menos para mi.

marruecos furgoneta atlas
Alto en el camino para descargar y disfrutar del pasiaje.

Cuando la oscuridad llega a la carretera hay que activar mil y un sentidos. Las carreteras son igual de malas, los arcenes siguen estando transitados y nadie, absolutamente nadie va con reflectantes o luces. Encima nos tocaba semana de luna nueva y la oscuridad era absoluta. Soy de los que me encanta conducir de noche, pero por Marruecos hay que andar con cuidado de noche. Tuvimos un par de sustos, el primero gracias a los adelantamientos locos que hacen los camiones marroquies. En un momento dado nos vimos con un camión de frente adelantando que no le daba tiempo ni de lejos, gracias a dios había arcén y pudimos esquivarlo, pero los 5 min de tembleque de después no te los quita nadie. El segundo susto fue otro camión delante nuestro a 20 por hora que no llevaba absolutamente ninguna luz trasera por lo que lo vimos cuando lo teníamos prácticamente encima.

Pero bueno conducir de noche también tiene cosas buenas. Por un lado la gente, salvo en las grandes ciudades vive con la luz. En cuanto el sol se esconde las ciudades mueren por lo que es un buen momento para hacer kilómetros y por otro lado los radares no funcionan de noche, son cámaras de mano rusticas sin flash ni nada. Pero bueno en este caso la velocidad la marcan las condiciones no los radares, pero se vive más tranquilo sin sentirte en el Gran Hermano de la DGT marroquí.

Otra de las cosas que me llevo de este viaje fue ver el cielo más espectacular que he visto en mi vida. Ya con la noche cerrada no aguantaba ni un minuto más sin evacuar, así que paramos en medio de la nada y me bajé a mear.  El impacto de las estrellas fue tal que solo pude decirle a Laura, “cooooorre sal”. Sin mediar palabra ni decirle porque, al salir, dijo… “aaaaalaaaaaaaaaaaaaa”. La verdad es que era impresionante se veía la vía láctea a la perfección. No sé porque, supongo que la falta de contaminación lumínica, la noche rasa y la falta de luz de la luna propiciaron ese espectáculo ya que en mi anterior viaje pasé una noche en el desierto y no recuerdo un cielo tan espectacular. La verdad es que ha sido el meo más provechoso de mi vida.

Para los entendidos en la fotografia, os daré como dato que no llevaba tripode, esta foto está hecha a pulso y con una sola toma expuesta a la luz de dentro de la furgo, y aún así se ven algunas estrellas. Eran realmente brillantes.

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El momento del meo a la luz de las estrellas

Llegamos a Erraichidia sobre las 20.30 ya con la noche bien entrada. La ciudad no tiene absolutamente nada pero tenía un camping fichado allí y solo estábamos a una hora y media de las gargantas de Todra, nuestro destino para el día siguiente. La verdad es que tras estirar las patas por Erraichidia y comprar pan para la cena decidimos que esa hora y medía la haríamos de noche para amanecer en los pies del Todra ya que el día ya estaba echado y así aprovechábamos al máximo la luz del día siguiente. Así que otra horita y media más y estábamos a las puertas del camping que nos marcó el GPS. Digo a las puertas porque es precisamente con lo que nos topamos, con unas puertas cerradas. Nuestra cara fue un poema, ya de noche y con un buen puñado de horas al volante apetece no tener demasiadas complicaciones. el caso es que había luces dentro, por lo que empujé un poco la verja y cedió sin problemas. Yo tenía claro que encontrara o no encontrara al responsable nos ibamos a quedar a dormir allí, ya arreglaríamos todo mañana. Pero finalmente en un cuartucho encontré al dueño del camping cenando y nos indicó el sitio donde dejar la furgo y pasar la noche. Así terminaba el día, con una hamburguesa en pan de pita y un profundo sueño a los pies del Todra.

El día amaneció con todo su esplendor y tras un temprano desayuno nos calzamos las botas para un día de trekking. Es una sensación emocionante volver a pisar los caminos donde estuviste hace 4 años, y la verdad es que al menos en esta zona no había cambiado absolutamente nada. Tras hablar con el dueño del camping nos recomendó llegar a las gargantas del Todra a través del oasis (jardín como lo llaman ellos) y así lo hicimos.

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Recogiendo el salón. 😉

El paseo fue una gozada, el verde de las palmeras contrastaba con el naranja de la tierra de las kasbahs y la roca de la garganta. Fuimos cogiendo altura hasta poder ver como el oasis se encontraba encajado en medio de una zona absolutamente desértica. Es maravilloso ver como el agua puede transformar el paisaje de una manera tan drástica en unos pocos metros. Hay miles de senderos y caminos ya que es una zona de parcelas donde los lugareños cultivan sus tierras por lo que no hay un camino definido. Sabes más o menos hacía donde tienes que ir y preguntando a cada agricultor del camino te vas encontrando. Al final tras dos horitas de pateo fuimos a parar al pueblito que está justo a la entrada de la garganta del Todra.

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El paseo por “el jardín” es una delicia
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La luz y los colores de Marruecos son únicos
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El oasis, esto no era un espejismo
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Camino a la garganta del Todra
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No podía dejar de sacar fotos, qué colores.
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Palmeras y piedra, una combinación muy fotogénica
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Pueblitos que parecen salir de la misma tierra
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Pasando por uno de los poblados que hay en el camino.

La garganta del Todra es un sitio verdaderamente bonito. Caminar entre dos imponentes paredones de color naranja intenso te hace sentirte como un granito de arena. El lugar es bonito pero la autenticidad del resto de la ruta que habíamos hecho se perdía un poco. A pesar de no ser temporada alta los coches particulares y organizados llegaban hasta los pies de la garganta.

Tras pegarnos un buen almuerzo y sacar un par de fotos emprendimos nuestro camino de vuelta esta vez por la carretera. El laberinto del oasis es muy bonito pero un poco retorcido de seguir así que decidimos deshacer el camino por la vía rápida y con un paso ligero en poco más de hora y cuarto estábamos en el camping de vuelta.

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La garganta del Todra, aún en temporada baja es un lugar frecuentado por vendetodo.
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El color de Marruecos
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colores, colores y más colores
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Camino de vuelta a la furgoneta.
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La luz de Marruecos no tiene explicación, es mágica
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La aridez del terreno es constante

Hoy nos apetecía comer algo autóctono, después de la pateada un tajine de pollo y un buen cous-cous se antojaban indispensables. Así que pusimos rumbo a Tinherir y en el primer garito que vimos ahí que nos sentamos a devorar cual gorrinos. No queríamos enrrollarnos demasiado ya que no queríamos perder la poca luz de estos días y ver el Dades.

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Un buen tajine para reponer fuerzas

Con la panza llena pusimos rumbo a la garganta del Dades que se encontraba cerca de Tinherir. La realidad es que el desvío se encuentra cerca, pero hasta la garganta del Dades hay 24km de carretera retorcida que cuesta un rato hacer, y cuando digo retorcida es retorcida de verdad, y para muestra un botón.

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Carretera hacia la garganta del Dades, no apto para gente que se meree.

La verdad es que la garganta del Dades en si no merece mucho la pena, a no ser que vayas con intención de hacer alguna ruta. Pero como visita creo que es la hermana pequeña del Todra y sin duda es mucho más bonito el recorrido hasta ella que la propia garganta. La parte buena es que el recorrido lo hicimos con los últimos rayos de sol. Pasar por esos pueblecitos que parecen nacidos de la mismisima tierra a esas horas ofrece un paisaje desértico con unos naranjas bastante difíciles de explicar con palabras.

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Los espectaculares colores del pueblo de Tinerhir
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La gente de los pueblos es maravillosa

Realmente el Dades tiene rutas de trekking como la que hicimos en el Todra que merecen la pena sin duda, pero para hacerlas nos implicaba pasar toda la tarde en una zona sin vida a la espera de poder realizarlas a la mañana siguiente. Así que contentos con la ruta del Todra y de haber conocido los paisajes del Dades decidimos aprovechar las horas de oscuridad para ir avanzando en el camino rumbo a Ouarzazate, la meca del cine marroquí.

 



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