Tras una agradable noche en el encantador hotel de Swan, repusimos fuerzas en la azotea con unas increíbles vistas de Jaisalmer. Desde ahí arriba podían oírse ya los cláxones que indicaban que la ciudad ya había despertado. Entre tostada y tostada intercambiamos algunas palabras con Swan y su jefe, el dueño del hotel de cuyo nombre soy incapaz de acordarme.

En la recepción ya estaba esperándonos Gopla, el que será nuestra brújula el resto de los días en Rajasthan. Es un hombre apacible, con cara de bonachón y nos recibe con una gran sonrisa.

Tras las despedidas pertinentes cargamos nuestras mochilas en el coche y comenzamos el día con ganas de conocer un poco más de este país. La primera parada fue en una zona que se hacía llamar “haveli”, es así como llaman a un tipo de casas con fachadas muy elaboradas con mil detalles tallados en la piedra, una verdadera virguería. Allí había otro palacete, la habitación del marajá y bla, bla, bla… lo de siempre, un puñado de rupias y visita coñazo. Obviamente pasamos de esa visita y decidimos perdernos más allá de la calle principal y disfrutar de la cultura actual en vez de la de hace 2 siglos.

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Las calles se estrechan proporcionalmente a lo que ganaban en autenticidad. Nos íbamos encontrando con el día a día de la gente de ese barrio. Mujeres haciendo la colada, niños correteando. Tuvimos claro que nos habíamos alejado de la zona turística al ver que no había ni un solo negocio, que nadie te pedía rupias por mirarle, que nadie te intentaba vender hasta su alma. Nos paramos con unos niños que querían hacerse una foto, pero por el simple hecho de verse en la pantalla, sin rupias de por medio.  Un rato después y tras sacar un par de fotos a un pequeñajo que me llamó la atención por sus ojos pintados, su padre salió de la casa, acostumbrado al resto de la India (lo poco que conocemos), pensé que saldría a pedirme algo. Nada más lejos de la realidad, se acercó a nosotros con la nena y pasamos un agradable rato entre sonrisas y 4 palabras en inglés que era capaz de entendernos. Calle a calle, giro a giro fuimos saboreando este barrio hasta que finalmente volvimos a donde Gopla.

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El resto de la mañana transcurrió entre piedras, templos y monumentos. Lugares curiosos en los que hay que entrar descalzo pero a diferencia de la moqueta agradable de las mezquitas esto era piedra que llevaba expuesta al sol unas cuantas horas, sin calcetines se sufre, os lo puedo asegurar.

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Aunque en este país, en cualquier momento pueden ocurrir cosas divertidas y sorprendentes. En uno de los templos que visitamos nos alejamos tras un muro para descargar nuestras cargadas vejigas. Justo al otro lado del muro había unas mujeres trabajando en una pared de un recinto, aplicando una pasta de procedencia incierta. El fotógrafo pesado que va dentro de mí vio que podía haber alguna foto interesante y las mujeres se pusieron en guardia, se acercaron a mi y me pedían algo que no acabo de entender bien. Cuatro gestos y poca imaginación hicieron falta para saber que querían crema, si señor, crema para la cara. Sorprendido le pregunté a Laura si tenía alguna y tras rebuscar por la mochila les dejamos unos sobres de crema y unos pintalabios que seguro disfrutarán en algún momento. Tras esta anécdota pusimos la directa a Jaisalmer de nuevo para llenar nuestros estómagos antes de partir al desierto.

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Capitulo a parte merece la comida. Cada vez que te sientas a llenar el buche es un espectáculo de sabores y olores. A los dos nos encantaba la comida india antes de venir, por lo que con las comidas disfrutamos como enanos y no dejamos ni gota en el plato. Esta vez no fue menos: Chicken tandoori, Cheese-spinach Soup & plain rice… ummmmm!!!

Una pequeña vuelta para bajar la comida y rumbo al desierto. Gopla se encargaba del volante y nosotros de roncar un poquito, las siestas son algo que se lleva en la sangre. Unos kilómetros más al oeste de Jaisalmer, cerca de la frontera con Pakistan nos esperaba un camello para llevarnos a las dunas a ver la puesta de sol. El dueño del camello Ali, fue guiando con pulso firme a su pupilo mientras el sol iba cayendo.  Sobre las 18.00 vimos como el sol se escondía tras el horizonte entre risas y alguna otra carrera en el desierto con Alí.

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Esta noche la pasamos en un campamento en el desierto, y del recibimiento en el campamento tengo documentos gráficos que son clasificados debido a la vergüenza que pudimos sufrir en nuestras carnes. Resulta que esa noche éramos los únicos huéspedes del campamento, todo el cielo para nosotros. Allí tienen una banda local que ameniza las noches del campamento, pero claro todo el campamento éramos nosotros.

Un gran repertorio de canciones, instrumentos y bailes  pasaron por delante de nuestros ojos antes  de que llegase nuestro turno de salir a bailar, creo que no hay que explicar mucho más…,jajaja. Con timidez meneamos nuestras manos y caderas con dos ataviadas mujeres que intentaban enseñarnos los pasos, supongo que conteniendo la carcajada. La verdad es que fue un rato agradable y familiar, entre canción y canción nos contábamos cosas, curiosidades (el líder del grupo había trabajado en Terra Mítica!!!). El punto máximo de la velada fue cuando nos pidió que cantáramos una canción de nuestra tierra  que ellos nos seguían con los instrumentos, “Hay mil millones de estrellas” fue la elegida. Los que sepáis del origen de esta canción entenderéis de lo surrealista de la situación.

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Casi hora y media después y con ni un ápice de vergüenza ya, terminamos la velada para dar buena cuenta de la cena y retirarnos a nuestra jaima a leer un rato y poner fin a otro día en el país del curry!

La pirrilera sigue lejos!!

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2 Comments

  • Marina
    Posted 31/10/2012

    …me gustaría ser un llavero para que me podáis llevar a mi también!!!!!Marina

  • inés
    Posted 02/11/2012

    Ella cogiendo el sol, donde quiera que sea!

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