Día 4

Legañas y alguna que otra sonrisa picarona. Así arrancaba el tercer día en la isla caribeña. El ya omnipresente mango, un poco de pan con mermelada y ya estábamos todos listos para poner rumbo a Viñales. Viñales es un municipio perteneciente al municipio de Pinar del Rio, al oeste de la isla donde el tabaco y los torcedores de puros se reparten por todo el territorio.

Ya todos enlatados en el autobús, la primera parada sería rápida. No podíamos irnos de La Habana sin visitar la plaza de la revolución, con los icónicos Che Guevara y Camilo Cienfuegos presidiendo la plaza. Foto de rigor y carretera y manta. Primer viaje en autobús, primeras “road talks” sobre lo humano y lo divino. Unas tres horas nos separaban del pueblo de Viñales donde nos alojaríamos durante dos noches. Los más jaraneros dormían al fondo del autobús, la noche había sido intensa.

Última parada en La Habana.

A eso de media mañana llegamos a la primera visita del día, una plantación de tabaco donde nos explicarían todo el proceso desde la siembra hasta casi el encendido del puro. Un rincón en medio de la nada donde varias casetas de madera rodeaban a un campo sembrado de tabaco.

Tras una didáctica charla sobre todo el proceso de siembra y recogida del tabaco donde se cuida al mínimo detalle pasamos al secadero. Allí nos contaron todos los detalles sobre el proceso más agrícola. Una vez visto esto, nos metimos en una caseta de madera color azul turquesa, custodiada por la bandera cubana, donde un joven pero experto torcedor de puros nos dejaría con la boca abierta con su habilidad en armar los puros, o torcer como lo llaman ellos.

El chico nos explicaba como ellos cobran en función de las categorías de puros que son capaces de elaborar, con una numeración que llegaba hasta 9. El era de los que llegaban a la excelencia del puro categoría 9, pero también nos contaba que el valor de un puro en el mercado equivalía a su sueldo de un mes. Obviamente todas estas plantaciones trabajan para el estado y no hay ningún tipo de manufactura privada de tabaco. La verdad es que asombroso como casi sin darte cuenta un amasijo de hojas sobre la mesa se convertía en un perfecto puro listo para ser prendido. Era casi magia, no había un tramo intermedio…, pasaba del amasijo absoluto al cilindro perfecto en un ágil golpe de mano.

Mientras el joven torcedor de puros seguía contándonos todos los detalles fuera las nubes decidieron soltar lo que llevaban preparando toda la mañana. Un pequeño aguacero tropical nos pillo justo al terminar la explicación. Pero he de decir que fue un momento genial. Allí en el cobertizo de una choza de madera, viendo como el agua regaba el campo de tabaco y como el olor a lluvia lo invadía todo. Que por cierto, por si no lo sabías a este olor se le llama petricor.

Viñales en estado "puro".
El puro, un arte.
El tabaco en el secadero.
El rey torcedor de puros.

Siguiente parada, llenar la panza. Así que de vuelta al autobús llegamos a una especie de chamizo en un lateral de la carretera donde nos esperaba un suculento pollo con nuestros amigos los frijoles y el arroz. Tras visitar la cocina y certificar que dista mucho de ser la de Master Chef nos sentamos a la mesa para dar cuenta de los platos, que le faltaran todas las estrellas Michelin del mundo, pero no podía haber mejor plan para comer. ¿Y de poste? ¿A que ya lo sabes? Mango,… pero ojo, no cualquier mango. Solo había que levantarse de la mesa, acercarse al árbol y coger un mango. ¿Quién quiere reducciones al oporto teniendo el restaurante “pachamama”?

Y para rematar el día, un par de lugareños maraca y guitarra en mano nos hicieron pasar una sobremesa de los más interesante. Clásicos de uno y otro lado del charco, cantados con una voz que nos acarició los oídos y donde lo único mejorable hubiera sido tener una hamaca. Otro de los momentazos del viaje, una agradable sobremesa, respirando aire fresco y disfrutando de Cuba muy bien acompañados.

Con la lección sobre puros aprendida y con la barriga y los oídos colmados llegamos a Viñales donde tras un poco de trajín logístico conseguimos encajarnos todos en las diferentes casas donde pasaríamos la siguientes dos noches. Pero aún el día nos tenía muchos momentos preparados.

Probando delicias de la tierra en la cocina.
Increible sobremesa
Nuestro Francisco Céspedes particular.

Duchas, desempaque de mochilas y vuelta todos al autobus. Un chancho que llevaba a fuego desde las 9 de la mañana nos esperaba cerca de unas pozas donde nos pegaríamos un buen chapuzón antes de devorárnoslo. Dicho y hecho, una pequeña poza que aunque un poco turbia hizo sacar el pequeño niño que llevamos dentro. Al agua patos, con el chancho echando humo al fondo disfrutamos el mejor parque acuático de la zona, Viñales Park. Ya sentados en medio de la pequeña cascada que nutría de agua la poza, quienes estaban a cargo del chancho nos hicieron llegar uno botella de un ron típico de la región, Guayabita. En fin, ¿Qué puede fallar verdad? El cuerpo a remojo, un chancho a fuego lento y unos tragos (o buchitos como dicen mis compadres andaluces) de ron. El plan era insuperable.

El día iba avanzando y tocaba secarse y prepararse para el homenaje de la noche. Y hubo un momento, insignificante pero que me hizo darme cuenta de mucho. Cristina tenía un pequeño desaguisado de ampollas en el pie, y tras el baño los compeed estaban un poco de aquella manera, por lo que era interesante cortarlos. Con Eddy delante se me ocurrió soltar, espera que subo a pedir arriba (el “bar”) una tijeras. Eddy me miró con cara de condescendencia, incluso de pena y me soltó, “Macho, que estás en Cuba, que te crees..” La verdad es que me dejó tan fuera de juego, que solo pude devolverle un “¿He dicho una tontería verdad? “, a lo que Eddy asintió. Pequeños detalles, pero que te hacen aterrizar y ver que aquí las cosas van de otra manera, y que aunque en la “burbuja” de estar de viaje con muchas comodidades, a ratos eres consciente de lo que puede ser el día a día de la gente de la isla. En fin, dicen que la necesidad agudiza el ingenio, así que ¿qué no se puede arreglar con una lata de refresco de naranja? Cirujía de batalla y ya estábamos listos para atacar el chancho.

Cirugía de batalla in the middle of nowhere

La imagen del chancho humeante encima de la mesa, creo que es dificil de olvidar. Lo siento de corazón por Cristina M., la vegana del grupo. Sé que tuvo que pasar mal rato, porque una cosa es ver un filete y otra bien distinta ver al pobre animal abierto en canal, pero la verdad es que supo hacer de tripas corazón, así que desde aquí perdón por mi cara de gozo al ver al pobre chancho. Y la verdad es que la estampa no era apta para veganos, porque es probable que en el Paleolítico se comiera con más elegancia, que manera de atacar. Como si de una orgía canival se tratara, fuimos dando cuenta del delicioso chancho que llevaba más de 10h al fuego y que sencillamente estaba espectacular.

El paraíso terrenal
Dándole la vuelta al chancho.
Arzak y Arguiñano
Atardecer desde lo alto de la cabaña.
El fenómeno

Noche cerrada, puros y risas así terminó el día, al menos la parte del día con luz, porque aún nos quedaba la noche, y lo que esconde la noche amigos. Viñales es una caja de sorpresas. Y una de las mejores se escondía en el autobús de vuelta a las casas, autobús que quedó bautizado esa noche como el “party bus”. Lo que parecía un trayecto mas en autobús, gracias a Curro (y su media botella de ron) y a un chofer que lejos de pedir orden en el bus era el que echaba toda la gasolina a la hoguera se montó un fiestón improvisado que de veras, es bastante difícil de explicar en palabras. Atentos a partir del 1.00.

 

Así que como no podía ser de otra manera, y tras llegar a nuestro destino había que conocer la noche Viñalesa y dicho y hecho. En la plaza del pueblo y junto a la iglesia hay un bar con un patio interior donde nos contaban que todos los días del año había espectáculos y salsa. Una vez más ¿Qué puede fallar?. La verdad es que el tema de la salsa y el baile es algo que nunca se me había pasado por la cabeza. Obviamente es Cuba, hay música y salsa, pero como buen vasco sin un ápice de ritmo no es una “actividad” que me imaginara realizar. Pero resulta que en el grupo había bastante gente que bailaba muy, pero que muy bien la salsa. No hay nada que 4 mojitos no puedan arreglar, así que esa noche comenzó la brevísima historia de “el vasco que aprendió a bailar”. Y he de reconocer que era algo que me generaba tremenda vergüenza, bueno al menos hasta el segundo mojito. Pero la realidad es que he descubierto un mundo divertido, interesante y en el que no podía ni imaginarme lo que se esconde tras esos pasos: el lenguaje, los tipos de salsa, la figuras…, francamente interesante.

Ahora si que si el día iba llegando a su fin. Con el reloj ya marcando las 2 o 3 de la mañana y con una agradable charla en el cobertizo de las casas con Laura y Cristina, en lo que bautizamos como noche de cacahuetes e ibuprofeno, el intenso día en Viñales decía adiós.

Día 5

Una noche más o una menos, según se mire. Pero lo que seguía inmutable era la fórmula del desayuno, mango para todos. Cada uno en nuestras respectivas casas disfrutamos de un desayuno preparado con mimo por los caseros de las mismas. Hoy había que desayunar fuerte ya que nos esperaba un buen paseito por la sierra de Viñales.

Casi sin darnos cuenta estábamos pateando la sierra, rodeados de un manto verde intenso y bajo un sol de justicia. Tras parar en una nueva plantación de tabaco y recibir explicaciones más o menos similares que las del día anterior seguimos saboreando un día de pateo y charleta. La realidad es que el día fue muy agradable pero el treking transcurrió sin más sobresaltos que encallar al pobre caballo que iba a hacernos de medio de transporte compartido durante la marcha. Así que giro a giro y cuesta a cuesta fuimos consumiendo la mañana hasta llegar a una cueva, que con su agradable temperatura fue el comedor perfecto para devorarnos unos bocatas en otro de los restaurantes cinco estrellas de la pachamama. Como no, una pequeña dosis de mango y ya estábamos listos para seguir caminando.

La marcha terminó en un pequeño lago presidido por un amago de bar. Y a pesar de no llevar bañadores, el siguiente movimiento era claro. Gallumbos para que os quiero y al agua patos. Un chapuzón de lo más divertido donde conseguimos levantar un increible castell de dos plantas.., toda una proeza. La verdad es que fue un rato de lo más agradable.

Caminante no hay camino, se hace camino al andar.
Marta, y parte del grupo disfrutando del día.
Plantaciones de tabaco y azúcar por todos los rincones.
Riete tu del Bulli.
Peleas acuáticas

Ahora ya, sin gallumbos y con la satisfacción de un día bien divertido fuimos caminando hasta nuestras casas para pegarnos una ducha y salir camino a un pequeño plan improvisado, apretarnos unas langostas en un pueblito cercano. Dicho y hecho, ¿quién puede decir que se haya merendado unas langostas? Pues nosotros si, a eso de mediatarde nos plantamos bajo un chamizo a merendarnos unas suculentas langostas preparadas de una forma que nunca había visto. Los pedazos de carne limpio y como rebozados, pero que estaban bien ricos y sobre todo te librabas de la labor de tener que luchar encarnizadamente con un bicho que no es facil meterle mano. Tromba de agua incluida y tras chuparnos los dedos, ahora si volvíamos a nuestros aposentos, la noche se iba acercando.

Y si, como os podréis imaginar otra noche de salsa y mojitos fue la actividad para cerrar otro día más en Viñales. Esta vez un grupo más nutrido de “clubdelaventureros” nos integramos a la perfección en la noche cubana. Bailes, mojitos y risas un triángulo perfecto para darle el adiós definitivo a Viñales. Y como no podía ser de otra manera, una noche más de charla, cacahuetes e ibuprofeno antes de caer rendidos en nuestros catres.

Una etapa más del viaje que se consumía, Viñales nos ha enseñado lo más rural de Cuba. La siguiente parada Trinidad y su belleza de mil colores.

Viñales, un pueblito tranquilo con casas porticadas.

Leave a comment